Bajo la nieve y el hielo: Nueva York enfrenta una tormenta que puso a prueba a su gente
El domingo 25 de enero de 2026 amaneció diferente en la ciudad de Nueva York. Una tormenta invernal histórica había cubierto la metrópolis con una capa de nieve que pocos neoyorquinos habían visto en años. La ciudad, famosa por su ritmo imparable, se vio obligada a detenerse ante un clima que no solo embelleció sus paisajes blancos, sino que también provocó caos, dificultades y tragedias en todos los rincones de los cinco condados.
Desde las primeras horas de la mañana, la nieve cayó con fuerza. Central Park acumuló casi nueve pulgadas, la mayor cantidad registrada desde 2022, mientras que los aeropuertos LaGuardia y JFK registraron cifras similares que superaron las expectativas de los meteorólogos. Las ráfagas de viento helado de hasta 35 mph y las temperaturas extremadamente bajas convirtieron cada paso fuera de casa en un desafío.
En barrios de Queens, Brooklyn, Manhattan, Staten Island y el Bronx, las calles se transformaron en escenarios de lucha contra el clima. El tráfico quedó paralizado, el servicio de transporte público se entorpeció y las precipitaciones obligaron a cancelar vuelos y desviar itinerarios. Según informes, casi mil vuelos fueron cancelados y miles más retrasados, hundiendo a millones de viajeros en la incertidumbre tras las celebraciones de fin de año.
Los estudiantes no quedaron exentos de las complicaciones. El alcalde Zohran Mamdani anunció que más de 1.100 escuelas públicas cerrarían sus puertas y migrarían a clases remotas, afectando a cerca de medio millón de alumnos en todo el sistema escolar de la ciudad. La medida, adoptada para proteger la seguridad de estudiantes y docentes, se sumó a una ola de decisiones preventivas que incluyó la cancelación de actividades extracurriculares y restricción de programaciones educativas presenciales.
Pero no todo fue cuestión de logística escolar o vuelos. En la cara más amarga del temporal, el frío extremo se cobró vidas. Al menos seis personas murieron en la ciudad, muchas de ellas expuestas al frío intenso o encontradas al aire libre, recordando cómo una tormenta puede convertirse en una barrera letal para las personas más vulnerables.
Las imágenes de residentes lidiando con las condiciones eran desgarradoras: familias luchando por limpiar el hielo de sus aceras, trabajadores municipales que operaban sin descanso para despejar calles y vecinos ayudándose unos a otros a mover la nieve que bloqueaba entradas y rampas. “Esto no es solo nieve —es una prueba de resistencia para todos nosotros”, dijo un residente de Brooklyn, observando cómo la tormenta ponía de manifiesto las desigualdades que persisten en la ciudad.
En muchos sectores de la ciudad, especialmente en las zonas más desfavorecidas, la tormenta evidenció carencias estructurales. Calles sin suficiente drenaje, transporte público que lucha por operar, y hogares sin los recursos adecuados para enfrentar el frío extremo pusieron en evidencia las brechas que existen dentro de una metrópolis tan vastamente desigual. Si bien algunos pudieron refugiarse en espacios cálidos, otros no tenían más opción que enfrentar el clima o depender de la ayuda de organizaciones comunitarias.
Las autoridades estatales y municipales, por su parte, tomaron medidas de emergencia. La gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, había declarado el estado de emergencia días antes de que la tormenta golpeara con fuerza, instando a la población a tomar precauciones, asegurar suministros básicos y prepararse para posibles interrupciones de servicios.
Además, el sistema de transporte se vio profundamente afectado. Con carreteras resbaladizas y condiciones peligrosas, las autoridades recomendaron mantener los vehículos fuera de las calles si no eran estrictamente necesarios. La ciudad desplegó cientos de equipos para esparcir sal y despejar las principales arterias, mientras trabajadores municipales y voluntarios se afanaban en mantener accesibles las entradas a hospitales, estaciones de tránsito y centros comunitarios.
Los centros de acogida se activaron en varios barrios, ofreciendo techo, alimentos calientes y apoyo a personas sin hogar o que habían perdido energía eléctrica en sus hogares. Fue en estos espacios donde se vieron gestos de máxima solidaridad: voluntarios repartiendo mantas, vecinos ofreciendo alimentos y organizaciones trabajando sin descanso para llegar a quienes más lo necesitaban.
La cronología de esta tormenta será recordada como una de las más intensas en años recientes, pero también como un momento en que la comunidad neoyorquina mostró su fortaleza, resiliencia y capacidad de respuesta colectiva. A pesar del frío y la nieve, surgieron historias de ayuda mutua, de solidaridad vecinal y de esfuerzo conjunto para superar las adversidades impuestas por el clima.
Mientras la ciudad se recupera, queda el recuerdo de una temporada que no solo paralizó la vida cotidiana, sino que también puso en evidencia desafíos sociales y estructurales que requieren atención continua. Nueva York, con todo su dinamismo y diversidad, encontró en la nieve no solo un obstáculo, sino también una oportunidad para reafirmar su espíritu comunitario.
En inmediaciones de Grand Central aunque la nieve seguía cayendo, trabajadores de limpieza cumplieron su labor.
Los camiones de limpieza estuvieron operando durante todo el día.
El popular tren 7 que une Manhattan y Queens operó con algunos problemas.
El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, anunció desde temprano que el lunes no habría clases presenciales. «Será un día de clases a distancia con el fin de garantizar la seguridad de todos ante las condiciones climáticas tras enfrentar él mismo las malas condiciones de las calles.
Por las condiciones de los accesos al tren muchos neoyorquinos prefirieron no arriesgarse a salir y los patrones debieron aceptarlo de buena gana.
El mismo domingo la gente enfrentó al clima con alegría. Esquiaron en Central Park mientras la gran tormenta invernal se extendía por una gran franja no sólo de Nueva York sino de Estados Unidos.



