INSULTOS CAPITALIZAN EL DISCURSO POLÍTICO
Por: Holguer Mariano Jara
Los insultos en política son píldoras de emoción, desconsideración hacia el oponente, absoluto irrespeto a la ciudadanía y una clara evidencia, que los candidatos se mantienen alejados de la realidad del país, pero “culturalmente” en matrimonio con la violencia.
Los tiempos políticos han cambiado, el nivel de la crítica ha subido y los insultos capitalizan el discurso político. Cada vez con más frecuencia se cruza la línea de la ofensa como recurso fácil para “convencer” al electorado, aunque en realidad los puede perjudicar.
En el inicio de esta campaña electoral de la segunda vuelta se evidencia el incremento de estos recursos retóricos, que delatan una evolución de las formas aceptadas por la comunidad en general.
Los insultos tienen una gran fuerza expresiva; implican agresividad e intencionalidad degradante contra el receptor. No solo persiguen la descalificación del destinatario, sino que buscan anular a su contrincante político y hacer de este instrumento la plataforma para obtener el triunfo y obviamente el poder, sin importar como, pero si porque.
Estamos viviendo una transformación profunda en la forma en que los políticos se comunican con el pueblo, obviamente impulsada por la irrupción de las redes sociales. Estas plataformas han establecido un nuevo ritmo de comunicación, donde la rapidez y la brevedad son determinantes.
Este mecanismo da lugar a un discurso político que, si bien es más accesible y viral, también es menos sólido en su desarrollo ideológico, lo que está empobreciendo el debate público y la comprensión de los temas más complejos, que en su momento serán determinantes para el progreso del país o el fracaso del mismo.
El lenguaje en la actualidad es extremo y vergonzoso, pero con intenciones de ganarse el codiciado interés de la audiencia. Por desgracia, la sinceridad y concreción se confunden con agresividad.
El uso de ofensas en política no parece ser una moda pasajera, sino una tendencia sistémica tolerada por la ciudadanía con matices generacionales. Lo que sí está claro, es que los insultos han venido para quedarse y podrán ser una escuela de aprendizaje y uso para la nueva generación.
El insulto ha pasado a ser percibido como una muestra de que los políticos se indignan, se cabrean, no se soportan ni ellos mismo y sin pensarlo, arrojan un cúmulo de improperios, imprecisiones y bajezas que el diccionario de la lengua las rechaza de manera categórica y el pueblo las condena por su marcado irrespeto.
La decepción es el rostro de las ilusiones perdidas y sus gestos que nunca llegarán. La esperanza es la cura del mañana, para la decepción de hoy. El 13 de abril ecuatorianos, un voto consiente y esperanzador podría darnos mejores días y un futuro alentador.