Un bar-laboratorio sirve para probar la eficacia del Ozempic contra adictos al alcochol
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En la localidad de Bethesda, en el estado de Maryland, hay un bar especial. Está a unos 13 kilómetros de Washington, en un edificio federal. Lo regenta Lorenzo Leggio, aunque no se dedica a poner copas. Más bien todo lo contrario: su misión es ayudar a la gente a romper con su adicción al alcohol. «Cuando diseñamos este espacio, buscábamos una especie de enfoque alternativo para encontrar cómo ayudar a las personas con trastornos adictivos», cuenta este especialista.
Leggio es el director clínico del Programa de Investigación Interna del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA-IRP, por sus siglas en inglés). Lleva toda la vida escudriñando cuáles son los responsables biológicos de las adicciones. «Entender un cerebro sano es importante para identificar después qué es lo que falla», cuenta.
Desde la complejidad que entraña su especialidad clínica de Psiconeuroendocrinología, pone de manifiesto su meta:
«Comprender los mecanismos subyacentes a la adicción e identificar nuevos objetivos tera- péuticos». Y, aunque lleva toda la vida dedicado a esto, se ha vuelto mediático por ser uno de los científicos que busca desvelar qué hace que la familia Ozempic también sirva para afrontar las adicciones.
El bum del uso de las moléculas basadas en la imitación del péptido-1 similar al glucagón o GLP-1 ha sacado a la luz efectos secundarios imprevistos como una menor atracción por las bebidas alcohólicas y el tabaquismo, entre otras adicciones a sustancias. Leggio quiso descubrir el porqué de este inesperado efecto.
«Nos dimos cuenta de que hay mecanismos compartidos con enfermedades como la obesidad», cuenta. «Esta ha sido siempre la razón por la que hemos estado estudiando GLP-1, pero también otras hormonas involucradas como la grelina».
Describe cómo se pusieron manos a la obra. «No nos bastaba con las autorreferencias de los pacientes en ensayos clínicos que no estaban diseñados con este propósito: saber cuál es el efecto de los GLP-1 frente a las adicciones, en concreto frente al alcohol».
Aquí destaca el trabajo publicado en JAMA Psychiatry, que subraya el impacto frente a esta adicción tras observar a la población diabética sueca durante 17 años.
En este caso, los fármacos administrados fueron semaglutida y liraglutida [comercializadas Ozempic y Saxenda]. «La interpretación es que los agonistas del GLP-1 pueden ser eficaces en el tratamiento del trastorno y que se necesitan urgentemente ensayos clínicos para confirmar estos hallazgos», contaba en estas páginas el psiquiatra finlandés Markku Tapani Lähteenvuo, responsable del estudio publicado hace un año.
“Necesitamos ampliar estos datos”
Leggio ha recogido su testigo y el interrogante que muchos clínicos encuentran en sus consultas: «Los fármacos reducen las ganas de comer, pero ¿por qué también las de fumar y beber alcohol?».
Eso fue lo que llamó la atención de Alex DiFeliceantonio, profesora y codirectora interina en FBRI’s Center for Health Behaviors Research en Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia, quien recientemente presentó datos de un ensayo piloto, publicado hace dos meses en Scientifics Reports (Science), que observaba cómo los pacientes que toman GLP-1 veían reducidas las ganas de beber y frenada la embriaguez. «Necesitamos ampliar estos datos con nuevos estudios más amplios», demanda.
Así se gestó la idea
Hace más de una década que el equipo de Leggio, bajo la batuta de George Koob, director del Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo, decidió crear el ambiente más apropiado para sus experimentos: un bar. Del mismo modo que sus colegas usan placas de Petri o probetas para recrear el ecosistema de células y patógenos y estudiar sus comportamientos en un ambiente controlado, ellos hicieron lo propio con el entorno común donde tienen lugar la mayoría de las adicciones al alcohol.



