Tomar té y oír las canciones de Vissotsky
Era la principal actividad cultural para casi todos los habitantes de la URSS. Él, a pesar de que sólo de vez en cuando se vendía un pequeño disco con cuatro de sus tonadas, era el evangelio sonoro de un pueblo enardecido y sin derechos. Jamás poeta alguno tuvo el privilegio de emitir un mensaje que fuese aceptado y comprendido en tal magnitud.
En la década de los sesenta descaradamente se boicoteaba la producción artística de este cantautor. Sin embargo, la gente tenía una gran variedad de cintas con su ronca, sonora y agradable, aunque no melodiosa voz. El país se deleitaba y se embebía de sus canciones, en las que relataba sobre la verídica vida que bullía en los entre telones del socialismo, lo que la sociedad conocía al dedillo y el arte oficial se empecinaba en negar. Su crítica indirecta era clara para una persona de mediana inteligencia y con el tiempo un ser intocable.
Vissotsky se expresaba con fino humor, profundidad y belleza, tocaba las más sensibles fibras del sentir de los rusos, que lo bailaban en sus reuniones sociales, se reían de su irónico mensaje y en ocasiones lloraban. Los intelectuales lo captaban con sagacidad, creían entender más allá de sus palabras, y aun los altos burócratas del Estado lo oían como un gran esparcimiento. Sus canciones eran el alma viva de un pueblo soñador, que todavía ama la poesía, se embelesa recitándola y cuenta con cientos de magníficos e incógnitos cantautores. Sin duda, era el símbolo que representó de manera veraz al pueblo ruso, y esto es por qué su aguerrida voz continúa aún sonando y después de su muerte, acaecida durante las Olimpiadas de Moscú, él sigue siendo el poeta más apreciado. El fenómeno artístico que caracterizó a Vissotsky no fue el único, pero sí el más notable, estuvo enmarcado en el ocaso de una época conocida con el nombre de zastoi y que el pueblo resumió en las siguientes palabras: Queda terminantemente prohibido lo que está permitido.
Durante el zastoi, la élite intelectual rusa fue expulsada de su país en una especie de emigración forzada, los demás se fugaron por sus propios medios o callaron. Las producciones literarias, canciones, espectáculos y películas de valor fueron eliminadas de la luz pública y las pinturas de los mejores artistas fueron arrasadas con la ayuda de bulldozers de sus lugares de exposición al aire libre. Por primera vez en la historia, el desarrollo cultural de toda una nación ocurrió de una manera, por decir lo menos, estrambótica. Los más talentosos músicos, literatos, directores de cine y artistas conservaban e impulsaban la cultura rusa en el exilio, la clandestinidad, las cárceles e, incluso, en los manicomios.
El pueblo ruso pertenece a una raza muy especial, es el producto semielaborado de una fábrica que todos esos años, cual cadena sin fin, arrojó ininterrumpidamente intelectuales forjados en las cárceles y los campos de concentración donde pululaban cientos de miles de frustrados científicos, filósofos, poetas, escritores, músicos, actores y artistas. Por eso se expandió la cultura Blatnaya , que no tiene parangón en la historia del arte.
Por: Rodolfo Bueno



