La espiritualidad de la India es incomprensible para la mentalidad de Occidente
En la India hay religiones, como el Jainismo, cuyos acólitos son ateos. Fue fundada
por Nataputta, o Jina. En ella sus fieles han renunciado a pensar en Dios porque no
quieren deformar con el pensamiento, cuya lógica es incompleta y contradictoria,
la imperecedera sustancia del Arquitecto Supremo. Eso es no creer en Dios.
Porque ¿cómo se puede admitir algo en lo que jamás se piensa y concebir lo que
jamás imaginas?
Salvo honrosas excepciones, el hombre es un mitómano fantasioso, depredador
ambicioso, carroñero angurriento, fornicador empedernido y esclavo de una
invencible tendencia a la autodestrucción y a la superstición. En cambio, los
discípulos de Jina menosprecian las riquezas terrenales y no son dueños de nada;
viven prácticamente desnudos y sólo disimulan sus órganos sexuales con un
trapucho, no duermen más de tres veces en un mismo lugar, para no
acostumbrarse a él, y tanto veneran lo vivo que no usan prendas de cuero, porque,
para ellos, todo ser animado es sagrado por el solo hecho de existir y creen que es
un gran pecado matar a un animal o a un ser cualquiera. No siembran la tierra
por no herirla, tampoco se alimentan de tubérculos, puesto que para cosecharlos
deben lesionar el suelo, ni tragan semillas, para no eliminar la savia vital, sólo
manducan lo que contiene lo mínimo de la esencia de la vida y cuando hablan,
se cubren la boca para no lastimar con su voz el aire.
La India es un país esotérico cuya religiosidad es casi sobrenatural.
¿Cómo entender que una persona cierre sus manos y no las vuelva a abrir en el resto
de su vida, permitiendo que las uñas le atraviesen el dorso de la palma hasta
colgar por el otro lado, y que este acto, en apariencia estrafalario, sea objeto de
la veneración general, o que alguien bese tres veces la cabeza de una cobra real
en un rito sagrado peligrosamente mortal?
RODOLFO BUENO



