Alcaldes esposados y electores amnésicos
Guayaquil, Quito, Cuenca, Esmeraldas, Machala y un largo etcétera de cantones que podrían llegar a ser todos (!!) en los últimos tiempos han sido testigos de allanamientos, apresamientos, investigaciones, juicios y condenas, sin embargo, el problema no empieza cuando llega la Fiscalía, empieza mucho antes, inicia en la papeleta electoral.
Porque en el Ecuador hemos perfeccionado una extraña tendencia política, elegimos con el corazón inflamado y después exigimos con la razón indignada. Convertimos al candidato en un mesías y al voto en un acto de fe, para luego sorprendernos cuando el despacho municipal termina como protagonista de la crónica roja.
Hay alcaldes y prefectos cuestionados, sí, algunos detenidos, también, otros investigados y procesados, así es, en todos los casos la justicia determinará las responsabilidades de cada uno. Pero existe una responsabilidad que jamás comparece ante un juez, la del elector que decidió no mirar, no preguntar y no verificar.
Nos hemos acostumbrado a escuchar frases como roba, pero hace obras, quizá una de las expresiones más miserables que ha producido la cultura política continental, con esa lógica terminamos aceptando que la honestidad es un lujo y no un requisito para administrar recursos públicos.
Del pensamiento del sociólogo Zygmunt Bauman se colige algo que resulta incómodamente vigente: La libertad sin responsabilidad es la peor enemiga de la libertad. Esa responsabilidad comienza, precisamente, cuando consignamos el voto y no son frases -estimado lector- para adornar un texto, es un diagnóstico sobre una sociedad confundida y aturdida.
Quizá el escándalo no sea que existan autoridades investigadas -ninguna democracia está vacunada contra la corrupción- el verdadero escándalo es la facilidad con la que olvidamos antecedentes, justificamos incoherencias o perdonamos aquello que jamás toleraríamos en quien administra nuestro patrimonio familiar.
Resulta curioso, para comprar un auto revisamos el historial del vehículo, para adquirir una casa examinamos escrituras, para elegir un teléfono comparamos opiniones, pero cuando se trata de entregar el presupuesto de una ciudad de millones de dólares, basta un eslogan pegajoso, un poncho, una canción de campaña o una fotografía abrazando niños.
Después llegan las ruedas de prensa, las explicaciones, las persecuciones denunciadas por unos y las celebraciones apresuradas de otros, el país vuelve a dividirse entre quienes defienden incondicionalmente al acusado y quienes ya lo condenaron antes de la sentencia. Mientras tanto, las ciudades siguen esperando obras, seguridad, empleo y gestión.
Talvez el problema nunca estuvo únicamente en el despacho del alcalde o del prefecto, muy probablemente estuvo frente a las urnas el día de las elecciones, porque la corrupción no siempre comienza cuando alguien roba, empieza cuando votamos sin memoria, sin criterio y sin responsabilidad.
Y ese delito, aunque no figure en ningún código penal, termina siendo el más costoso de todos, porque los problemas se agudizan, las autoridades pasan y las consecuencias de elegirlas mal permanecen durante años.
El traje naranja y las esposas son el outfit de los pillos, pero las cadenas de una mala decisión electoral, terminan oprimiendo a toda una sociedad.
Mauricio Riofrío Cuadrado



