LAS MISIONES DE VIDA
ROSALÍA ARTEAGA SERRANO
La vida está compuesta de múltiples actividades, de una infinidad de propósitos que los vamos cambiando de acuerdo con las circunstancias, al devenir de las acciones, a lo que, en ocasiones, aparecen también como imposiciones que se nos encomiendan, casi casi podrían asimilarse a las tareas o deberes que mandan o más bien que asignaban los maestros en las aulas escolares.
Así, podemos tener tareas rutinarias en los hogares, también en los trabajos, que pueden volverse engorrosas o aburridas, dependiendo también de nuestros estados de ánimo y prioridades.
Pero hay otras, las que podemos entender como aquellas que nos hacen sentir bien, que estamos caminando en una dirección que nos trazamos, hace mucho o hace poco, porque hemos descubierto que eso es lo que nos gusta hacer, lo que nos llena de satisfacción y hasta de orgullo.
Ese tipo de tareas, a las que llamamos misiones de vida, son las que inspiran hazañas, las que ponen de manifiesto el temple de los seres humanos, las que demandan trabajo sostenido, esfuerzos continuados, pero que tienen como recompensa el saber que estamos en el camino adecuado, en la ruta correcta y que por lo tanto nos brindan una enorme satisfacción.
En mi caso, tal vez al comienzo no lo tuve claro, cuando acepté mi primer trabajo como maestra, pero a lo largo de la vida, he ido adquiriendo la convicción y la certeza de que esa es mi misión en la vida, la de bregar sin descanso por la educación, en sus diversas facetas y aristas, pero teniendo siempre presente que, con nuestras acciones, contribuimos a una educación de calidad que es la que aparece como motivo central de todas nuestras actuaciones.
Saber cuál es la misión, nuestra misión en la vida, ya es un paso importante, lo siguiente es trabajar por consolidarla, por hacerla efectiva y real. Siempre estaremos en el camino, pero en este caso el camino es parte importante de la consecución, de las etapas de las que se compone, y eso en sí, ya vale la pena.



