LA CAPACIDAD DE ASOMBRARSE
ROSALÍA ARTEAGA SERRANO
Me refiero al asombro como a esa actitud tan común en la niñez y que los adultos vamos perdiendo con el tiempo, la rutina, las prisas, la incapacidad de mirar algo con detenimiento, con la posibilidad de preguntarnos los porqués, de sentir curiosidad frente a lo que nos rodea, así lo hayamos visto mil y una veces.
Para recuperar el asombro debemos hacer un pare, dejar que algo nos conmueva o inquiete, puede ser el contemplar un cielo azul u otro cargado de nubes, la lluvia queda que se desliza suavemente desde lo alto, o la tempestad que llega como ráfagas de agua y de viento.
Maravilloso asombro, tanto, que el siempre citado Einstein decía: “El que no puede asombrarse ni maravillarse, está como muerto”. O también: “La ciencia y el arte nacen de este mismo deseo por entender lo desconocido”.
Es decir, el asombro nos lleva a encontrar las respuestas en el camino del descubrimiento, de los aprendizajes, de los nuevos caminos, de las nuevas formas de hacer las cosas. Tanto científicos como artistas disfrutan del asombro en su más prístino sentido que nos permite ir aprendiendo nuevas cosas, por descubrir y hasta redescubrir lo que encontramos en nuestro camino.
Asombrarnos es recuperar la capacidad de reír, de sentirnos bien con nosotros y con lo que nos rodea, es descubrir los pequeños detalles, por más nimios que parezcan y ponerlos en otra dimensión. También es descubrir que hay muchas cosas que no sabemos y dejar de sentir que ya nada importa o nos interesa.
Maravilloso asombro, lo recomiendo como una importante terapia contra el estrés y el hastío, vayamos por ello, asombrémonos con la magia de cada día, de cada recodo del camino y atrevámonos a pensar diferente, a navegar por aguas turbulentas con las maravillosas respuestas desprendidas de sesiones de asombro cuotidiano.



