¡Panas!, querer a Guayaquil es importante
¿Qué se les viene a la mente cuando escuchan “Guayaquil”? Quizá el Malecón, las iguanas, el encebollado o ese calor que parece empeñado en recordarnos dónde estamos. Todo aquello cuenta, claro, pero me complace informarles que Guayaquil es muchísimo más. Es historia, música, comida, comercio, gente cálida y una ciudad que, por alguna razón, nunca supo quedarse quieta.
Este 9 de octubre, como si hubiese planificado la publicación desde el año pasado —les juro que no—, quiero aprovechar los 206 años de independencia de la Perla del Pacífico para recordar una idea sencilla: sobran razones para querer a Guayaquil.
Arranquemos por 1820. Guayaquil no solo se liberó de la monarquía española, sino que posteriormente organizó la División Protectora de Quito, que participó en la campaña por la liberación de los territorios de la antigua Audiencia. Es decir, consiguió su libertad y luego puso manos a la obra para ayudar a que otros también alcanzaran la suya.
Pero tampoco hace falta retroceder dos siglos para encontrar razones para sacar pecho. Este mismo año Guayaquil ingresó a The Food Capitals by Délice Network, una red internacional de más de 25 ciudades que utiliza la gastronomía como herramienta de identidad y desarrollo. Porque sí, panas, nuestra comida también cuenta nuestra historia.
Y hablando de sabores, va un dato para los amantes del chocolate. Entre 1880 y 1895 Ecuador llegó a convertirse en el mayor exportador de cacao del mundo y el puerto de Guayaquil servía como la gran puerta de salida hacia mercados internacionales.
¿Quieren otra? En 1920 despegó desde Guayaquil “El Telégrafo I” —dato especialmente seleccionado para los panas de este medio de comunicación—, protagonista del primer vuelo que cruzó los Andes ecuatorianos. Les dije que Guayaquil nunca supo quedarse quieta.
Y no, Guayaquil no es perfecta. Ninguna ciudad lo es. Se ha incendiado, reconstruido, independizado y reinventado; ha comerciado con medio mundo, alimentado a generaciones y visto crecer a artistas, deportistas, emprendedores y soñadores.
Quererla no significa cerrar los ojos ante sus problemas. Significa conocer su historia, valorar aquello que ha construido y entender que detrás de sus calles existen generaciones de personas que se han encargado, una y otra vez, de volver a levantarla.
Panas, hoy hay motivos de sobra para sacar pecho por esta ciudad fantástica.
¡Que viva Guayaquil y que viva la Perla del Pacífico!
Gunther Kublik



