LA VIDA DEMOCRÁTICA
ROSALÍA ARTEAGA SERRANO
Desde sus inicios, la concepción de las democracias demandó una serie de pesos y contrapesos que limitaran el poder de las personas, entiéndase de quienes ostentan los cargos gubernamentales, de tal manera que ese poder no residiera en una sola persona o un grupo de personas sobre un determinado estado o circunscripción territorial, de lo contrario estaríamos frente a otro tipo de gobierno, lindante con el absolutismo de las antiguas monarquías o las dictaduras.
Ese sistema de pesos y contrapesos es parte de la esencia de las democracias, basadas sobre todo en una división de poderes que tradicionalmente se ha establecido en los clásicos poderes ejecutivo, legislativo y judicial, de tal manera que los unos controlen a los otros y se obvien esas veleidades que conduzcan a la percepción de que solo uno de esos poderes es el omnímodo, incuestionable, total.
Las leyes y por encima de todas ellas, la Constitución de la República, son las que deben primar y tener claras las formas en que se pueden modificar o cambiar para que no queden al arbitrio de una sola persona.
En estos momentos, en el mundo entero, parecería que hay un retroceso de los valores democráticos y la tendencia a tratar de soslayar la vigencia de los estados de derecho, valiéndose de argucias que deterioran el ejercicio pleno de la vida democrática, en favor de la preeminencia de personas que se creen imbuidas de todos los poderes, de todas las decisiones, de todo el conocimiento y la sabiduría para determinar lo que es bueno y lo que no lo es para los pueblos a los que gobiernan.
Los ciudadanos debemos estar atentos a todos estos desvíos, intencionados o no, de acumular más poder en una sola persona o grupo de personas y pensar en los beneficios que el ejercicio democrático les trae a los países.
Parecería que, en estos tiempos de realidad líquida, todo se diluye, inclusive la conciencia de lo que es y no es democrático basados en la verdadera intencionalidad de los pueblos.



