EL “DEDO” QUE DESTRUYE LA DEMOCRACIA
Por: Holguer Mariano Jara
Quien crea que el “dedazo” presidencial para seleccionar candidatos a puestos de elección popular, se eliminó con la suspensión de varios pre-candidatos de la oposición, lamento mucho desengañarlos y decirles que están totalmente equivocados.
Que el Presidente de la Republica decida quienes serán los candidatos, es una práctica muy antigua, todo indica que va a seguir, de ahí que encuestas, mediciones de opinión, rifas y otras exigencias que deben cumplir los aspirantes a ser candidatos, son una farsa y solamente sirven para enmascarar el “dedazo”.
La política criolla impone la dedocracia en Ecuador, porque el fin del poder, es tener el poder. La “dedocracia” describe la práctica arbitraria de designar a dedo a funcionarios y candidatos , en lugar de elegirlos por meritocracia o mediante elecciones populares transparentes.
Las listas de candidatos no surgen de elecciones primarias reales o bases territoriales, son impuestas verticalmente por la cúpula de un partido o movimiento. Se organizan elecciones primarias como un mero trámite para legitimar decisiones que ya fueron tomadas “a dedo”.
La dedocracia permite a los líderes asegurar que solo personas de su extrema confianza ocupen espacios de poder. La imposición desplaza el verdadero mérito, empobreciendo la calidad de la gestión pública, fomentando la corrupción y peor todavía cuando los “influecer” , comediantes , bailarinas o don nadie, se postulan como candidatos.
En el centro de esta compleja maquinaria se erige lo que coloquialmente se conoce como el «Dedo Ungidor», una práctica arraigada, que lejos de ser un mero apunte folclórico, ésta influencia es el eje que definirá el futuro de las próximas elecciones y la configuración de los gobiernos seccionales al antojo y capricho de los dueños de los partidos políticos.
La influencia del prófugo y de Daniel “el travieso” se extienden; la toma de decisiones se concentra en la cúpula, limitando la autonomía de las estructuras partidistas locales y centralizando el poder con un evidente descontento popular, por la vulnerabilidad democrática.
En medio de estas complejas dinámicas de poder, la voz del «poder ciudadano» parece diluirse. La percepción de que las decisiones importantes ya están tomadas desde arriba puede desincentivar la participación activa en los procesos democráticos.
Los ecuatorianos nos encontramos ante el desafío de fortalecer los mecanismos de participación y de exigir mayor transparencia en la selección de quienes aspiran a gobernar, a fin de asegurar que el verdadero poder emane de las urnas y no de una designación centralizada entre gallos y media noche y al calor de unos cuantos canelazos y dolarazos.



