Cuando los animales fueron los fieles que llegaron a la iglesia
Oficina de redacción
de Ecuador News en Quito
La Plaza de San Francisco, en el corazón de Quito, está acostumbrada a recibir multitudes. Pero aquella tarde del sábado 3 de octubre, los visitantes tenían algo particular: cuatro patas, plumas, pelo, caparazón o incluso una pequeña jaula.
Perros de todos los tamaños, algunos inquietos y otros solemnes, llegaron acompañados por sus dueños. También hubo gatos, aves y animales que difícilmente uno imaginaría formando parte de una ceremonia religiosa. Allí estaban un cuy, un hámster, un pez y hasta una rata blanca albina llamada Alpak. Por unas horas, la plaza pareció convertirse en un peculiar templo al aire libre.
La razón era sencilla y, para quienes llevaron a sus animales, profundamente importante: había llegado el momento de recibir la bendición.
La ceremonia se realizó en la Plaza de San Francisco, como parte de una tradición vinculada a San Francisco de Asís, el santo que la Iglesia recuerda por su especial relación con la naturaleza y los animales. La celebración coincidió además con el Día Mundial de los Animales.
Mientras los religiosos pronunciaban las oraciones, los propietarios sostenían a sus mascotas o permanecían junto a ellas. Algunos perros parecían entender la solemnidad del momento; otros, menos preocupados por las cuestiones espirituales, aprovechaban para olfatear a sus vecinos, mover la cola o intentar acercarse a otro animal.
Pero detrás de aquellas escenas aparentemente pintorescas había algo más profundo.
Para muchas de esas personas, la mascota ya no es simplemente un animal que vive en la casa. Es compañía, afecto y, en ocasiones, una presencia que ocupa un lugar semejante al de otro miembro de la familia. Por eso la bendición no era vista como una extravagancia, sino como una manera de agradecer por esa compañía y pedir protección para quien comparte con ellos buena parte de sus días.
La escena tenía también algo de igualitario. Por un momento no importaba si el visitante era un perro de raza o uno recogido de la calle, un gato pequeño o un animal que normalmente nadie llevaría a una iglesia. Todos parecían tener derecho a aquel instante.
Y quizá esa sea la parte más hermosa de la ceremonia.
En un mundo donde los seres humanos suelen sentirse dueños de todo lo que los rodea, una tarde como aquella recuerda que también dependemos de otras criaturas. Ellas nos acompañan, nos esperan, nos reciben cuando volvemos a casa y, sin saberlo, terminan formando parte de nuestros recuerdos.
Cuando terminó la ceremonia, la Plaza de San Francisco volvió poco a poco a la normalidad.
Los fieles regresaron a sus casas.
Solo que esta vez, muchos de ellos tenían cuatro patas, alas, escamas o bigotes.
Y Quito había vuelto a demostrar que la fe también puede tener forma de animal.



