EDUCACIÓN NO ES UN GASTO CULTURAL
Por: Holguer Mariano Jara
Las materias de Cívica, Ética e Integridad, regresan a la malla curricular de la educación ecuatoriana. El objetivo, según el Gobierno, es fomentar valores, identidad nacional, respeto a los simbolos patrios y la Constitución desde la educación inicial hasta el bachillerato.
El civismo es la revolución silenciosa que los ecuatorianos necesitamos, porque las pequeñas cortesías transforman sociedades enteras y revolucionan conciencias de manera pacífica. Hoy brilla la descortesía como si fuera autenticidad y el sálvese quién pueda, como si fuera realismo.
Cada acto de cortesía es una inversión en el banco de confianza social: cuando alguien cede el paso, cuando dice gracias, cuando recoge basura que no tiró, con esas acciones (aunque lo ignore) está depositando crédito, en una cuenta comunitaria de la que toda la gente podrá retirar. Las sociedades con alto civismo tienen menos criminalidad, más cooperación y mayor bienestar colectivo y no es casualidad, es causa y efecto.
Nuestro país experimenta una crisis de civismo y ética disfrazada de normalidad. Hay personas que no recogen los desechos de sus mascotas, que tiran sus basuras al suelo como si nada, atienden en oficinas públicas con pésima educación, irrespetan la constitución y campea la corrupción. Cada acto incívico es un virus que infecta el tejido social, creando un ambiente donde la grosería se vuelve la norma, mientras la cortesía y amabilidad la excepción.
Al Estado le sale muy caro más policías para controlar comportamientos antisociales, más limpieza urbana por vandalismo y dejadez, más sistemas de seguridad por desconfianza, más burocracia para regular lo que la cortesía, la empatía social resolvería naturalmente. El civismo no es un gasto cultural, es un ahorro económico y emocional masivo.
El principio básico del civismo es ser recíproco; si quiere ser respetado, hay que dar respeto, si se quiere consideración hay que practicarla, si quiere vivir en una comunidad amable, es importante ser amable, es una inversión personal inteligente.
Las personas deberían tratar los espacios públicos como se trataría a su propia casa, porque es factor social, es un indicador de la cultura que tiene un país. Una sociedad que pide y exige tener un tejido social más civilizado, debe empezar por generar una cultura de autocrítica y transformación propia, con civismo, ética e integridad se puede lograr.
No es posible pedir que el gobierno haga lo que no se hace desde casa, ni exigir legalidad cuando se contribuye con acciones negativas a establecer un camino contrario a este precepto de manera cotidiana. El civismo se enseña viviendo, no predicando y paradójicamente las personas necesitan comenzar a ponerle palabras para empezar a actuar. El civismo no es perfección moral ni santidad social, es inteligencia colectiva y no se necesita gritar, solo sentido común.



