BUROCRACIA: Entre servidores con sentido de Patria y funcionarios sin honor
Hay oficinas públicas donde todavía se escucha el rumor noble del deber, lugares donde un técnico honesto revisa expedientes como quien revisa el pulso de un país enfermo, donde una secretaria amable, con gesto educado, salva la dignidad de una institución con un “buenos días” sincero, donde un funcionario competente entiende que cada trámite tiene detrás una angustia humana, una deuda, una esperanza o una tragedia.
Esos burócratas existen, son silenciosos, casi invisibles, son los que llegan temprano y salen tarde, estudian, corrigen, firman con responsabilidad y sienten vergüenza cuando el Estado humilla al ciudadano. Les duele la institucionalidad porque todavía creen en ella, son tecnócratas con vocación republicana, profesionales que saben que administrar el Estado no es repartir favores ilegalmente, ni obtener canonjías, sino custodiar la confianza pública.
Pero junto a ellos habita otra especie, el empleado público fósil, ese personajillo sedentario que, convirtió la estabilidad laboral en licencia para la mediocridad. El burócrata procrastinador que tarda semanas en resolver lo que podría despachar en horas, simplemente porque descubrió que, la incompetencia jamás se sanciona y la eficiencia -a veces- hasta incomoda.
El funcionario de nombramiento eterno se aferra al escritorio como náufrago a una tabla, tiene la astucia de un tahúr y la ética de una veleta. Sonríe al ciudadano mientras lo desprecia, jura lealtades que cambia según el jefe de turno, condena la corrupción en público, mientras en privado aprende a convivir cómodamente con ella. No defiende principios, administra conveniencias.
Winston Churchill decía: “El precio de la grandeza es la responsabilidad”, y justamente eso es lo que el burócrata inútil detesta, la responsabilidad. Prefiere esconderse detrás de reglamentos y normativa interpretados con pereza, detrás de sellos, memorandos y excusas que convierten al ciudadano en mendigo de derechos.
Afortunadamente también hay voces que han entendido el valor moral del servicio público, que saben que la honestidad no es una virtud negociable y la eficiencia si puede ser una constante, porque el problema del Estado no es únicamente la corrupción que roba millones, también lo destruye la corrupción pequeña y cotidiana del empleado que no trabaja, del funcionario que retrasa, del mediocre que cobra puntual mientras asesina el tiempo y, para rematar, redondea el sueldo con horas extras sin control.
La tragedia nacional no está solo en los grandes saqueadores, que desfilan en noticieros y juzgados, sino en esa burocracia sin honor que convirtió el trámite en tortura y el servicio en privilegio, defensores del pueblo que maltratan al pueblo desde un escritorio o ventanilla.
Sin embargo, todavía hay esperanza, está en el joven profesional que estudia para superarse, para servir y no para enriquecerse, en la funcionaria que atiende con respeto, en el técnico que rechaza una orden corrupta, en el servidor que comprende que el poder verdadero no está en humillar al ciudadano, sino en resolverle la vida.
Porque un país no se salva solamente con presidentes o leyes, también se reconstruye con funcionarios decentes, con hombres y mujeres capaces de entender que, la administración pública no es refugio de vagos ni madriguera de oportunistas, sino un apostolado civil donde el honor debería pesar más que el nombramiento.
Mauricio Riofrío Cuadrado



