NUESTRO JURAMENTO
ROSALÍA ARTEAGA SERRANO
Confieso que no soy muy futbolera, pero cuando la selección juega sale a aflorar ese sentimiento de lo propio, de lo nuestro, de ese orgullo nacional bien entendido, que me lleva a sintonizar la radio, el televisor, o simplemente a echarle miradas al celular.
Por eso, durante el partido jugado entre Ecuador y Alemania, no podía despegar los ojos del fantástico juego, de los pases, del dominio en la cancha de la selección nacional, y la emoción salió a relucir con los goles que marcaron el triunfo que tan merecido tenía el equipo ecuatoriano.
Después del juego, la gente no quería salir de la cancha, ni tampoco los espectadores remotos desconectarnos para sentir de cerca la reacción tanto de los jugadores como de la hinchada fiel que los había seguido en los partidos precedentes, aún sin obtener los resultados deseados.
Pero la emoción llegó a su clímax cuando se empezó a escuchar esa canción que para tantos tiene connotaciones imborrables, la multitud cantando “Nuestro Juramento” esa canción tan simbólica, la del inmortal Julio Jaramillo, el ruiseñor de América, muchas veces considerado como nacional por varios países latinoamericanos que lo tienen como propio, que ha contado con innumerables imitadores, pero que ninguno ha causado el revuelo que este popular cantante ecuatoriano.
Recordé cuando, por allá por el año 1993, por mi petición, en mi calidad de Subsecretaria de Cultura, el Presidente Sixto Durán Ballén firmó el decreto ejecutivo mediante el cual se declaraba al 1 de octubre de cada año, como día nacional del pasillo, precisamente como un homenaje a la fecha de nacimiento de Julio Jaramillo.
Las lágrimas brotaron a raudales, uní mi voz para cantar esa especie de himno, ese canto al amor, que también, en esta ocasión se transformó en canto a la patria, a la gloria entregada por los jugadores en la cancha, al espíritu de un pueblo resiliente, comprometido y luchador hasta el final.



