Nueva York se tiñe de verde: historia, orgullo y celebración en la Quinta Avenida de NY
Información CARMEN ARBOLEDA
Fotos FELIX LAM
Miles de personas se volcaron a las calles de la Gran Manzana para celebrar el Día de San Patricio, en un desfile que combina tradición centenaria, identidad cultural y el pulso vibrante de la ciudad.
El aire de marzo en Nueva York todavía arrastraba el frío del invierno, pero algo distinto se respiraba el pasado martes en la Quinta Avenida. Desde temprano, una marea verde comenzó a tomar forma entre aceras, banderas y sonrisas. Era el día del Desfile de San Patricio de Nueva York, una de esas tradiciones que no solo se ven: se sienten.
A medida que avanzaban las horas, la ciudad cambiaba de ritmo. Los sonidos cotidianos —el tráfico, las prisas, las bocinas— cedían espacio a gaitas, tambores y aplausos. Grupos de familias, turistas y neoyorquinos de todas las edades se alineaban a lo largo de la avenida, muchos vestidos de verde de pies a cabeza, otros con discretos detalles que delataban su espíritu festivo. No importaba el origen: por un día, todos parecían compartir una misma identidad.
Para entender la magnitud de esta celebración hay que mirar hacia atrás. El desfile de Nueva York no es solo el más grande del mundo, sino también el más antiguo. Sus primeras versiones se remontan a 1762, cuando soldados irlandeses al servicio del ejército británico marcharon por la ciudad para honrar a San Patricio. Con el paso de los años, aquella marcha se transformó en una afirmación cultural, especialmente durante el siglo XIX, cuando cientos de miles de inmigrantes irlandeses llegaron a Estados Unidos huyendo de la Gran Hambruna. En una ciudad que muchas veces los recibió con prejuicio, el desfile se convirtió en un espacio de orgullo, identidad y resistencia.
Esa historia no es un simple recuerdo lejano: sigue viva en cada paso del desfile. El recorrido, que atraviesa el corazón de Manhattan, tuvo como telón de fondo la imponente silueta de la Catedral de San Patricio, símbolo de la herencia irlandesa en la ciudad. Frente a sus puertas, las primeras filas se llenaron de expectativa. Cuando las bandas comenzaron a marchar, el murmullo se transformó en celebración.
Las gaitas marcaron el pulso. Su sonido, a la vez solemne y vibrante, se elevaba entre los edificios como si conectara el presente con ese pasado de migración y lucha. Detrás, desfilaron regimientos, escuelas, asociaciones culturales y veteranos. Cada grupo llevaba consigo no solo música o coreografía, sino una historia compartida que se transmite de generación en generación.
Entre los momentos más llamativos, destacaron los trajes tradicionales: kilts perfectamente alineados, capas ondeando al viento y sombreros adornados con tréboles. El verde dominaba la escena en todas sus tonalidades, desde los más intensos hasta los más suaves. Algunos participantes caminaban con paso firme, otros sonreían y saludaban al público, conscientes de que eran parte de algo más grande que ellos mismos. En las aceras, los niños levantaban banderas, intentando seguir el ritmo de los tambores, mientras los adultos capturaban cada instante con sus teléfonos.
Pero más allá del espectáculo, lo que definió la jornada fue el ambiente. Había una energía difícil de describir: una mezcla de orgullo cultural y alegría colectiva. Desconocidos intercambiaban comen- tarios, compartían risas y, por momentos, parecía que la ciudad entera se detenía para disfrutar del desfile. Nueva York, acostumbrada a la prisa, se permitía una pausa para celebrar.
También hubo espacio para lo espontáneo. Bailes improvisados, aplausos que nacían sin coordinación, vítores que recorrían la avenida como una ola. En algunos tramos, la música parecía desbordarse hacia el público, borrando la línea entre quienes marchaban y quienes observaban. La celebración no estaba solo en el desfile, sino en cada rincón donde alguien decidía sumarse, aunque fuera por unos minutos.
A lo largo del recorrido, se hizo evidente que esta no es solo una fiesta irlandesa, sino una celebración profundamente neoyorquina. Una ciudad construida por inmigrantes encuentra en este desfile una forma de reconocerse a sí misma. Lo que comenzó como una expresión de una comunidad específica se ha transformado en un evento que pertenece a todos, sin perder su esencia.
Cuando el desfile comenzó a disolverse y las bandas se alejaban, quedó en el aire una sensación de continuidad. Como si la fiesta no terminara del todo, sino que se transformara en recuerdos: fotos, videos, anécdotas que, con el tiempo, volverán a cobrar vida. Los restos de confeti, las banderas aún ondeando y el eco lejano de las gaitas eran prueba de que algo especial había ocurrido.
El Día de San Patricio en Nueva York no es solo una tradición. Es una historia viva que se reescribe cada año, un puente entre generaciones y un recordatorio de que, incluso en una ciudad que nunca se detiene, siempre hay espacio para celebrar las raíces. Y el pasado martes, una vez más, la Quinta Avenida se vistió de verde para recordarlo.
Desde muy temprano, como es tradicional, la gente estuvo lista para disfrutar de la tradicional Parada.
Es costumbre apreciar la energía de la gente joven.
Las tradicionales gaitas irlandesas siempre presentes.
Las tradicionales gaitas irlandesas siempre presentes.
Representantes de importantes escuelas de la ciudad.
Organizaciones que honran a San Patricio estuvieron desfilando.
La gobernadora Kathy Hochul (Derecha) y la fiscal general Letitia James atendieron la Parada que cumplía 265 años de existencia y es orgullo de los migrantes. Foto NYP.
El alcalde de la ciudad Zohran Mamdani fue muy aplaudido a su paso durante el desfile. Foto NYP.



